José María Castillo , 15 de
mayo de 2017
La iglesia sigue empeñada en mantener, como intocables, presuntas "verdades"
que yo no sé cómo se pueden seguir defendiendo a estas alturas.
"En la Iglesia, en los seminarios, en los centros de estudios
teológicos, hay miedo, mucho miedo"
¿Cómo hacemos presente el Evangelio
en este tiempo que nos ha tocado vivir?"
(José María Castillo, teólogo).-
Por ley de vida, la gran generación de teólogos, que hicieron
posible la renovación teológica que llevó a cabo el concilio Vaticano II, está
a punto de extinguirse del todo. Y en las décadas siguientes, por desgracia, no
ha surgido una generación nueva que haya podido continuar la labor que los
grandes teólogos del s. XX iniciaron.
Los estudios bíblicos, algunos trabajos
históricos y algo también en lo que se refiere a la espiritualidad, son ámbitos
del quehacer teológico que se han mantenido dignamente. Pero incluso movimientos
importantes, como ha ocurrido con la teología de la liberación, dan
la impresión de que se están viniendo abajo. Ojalá me equivoque.
¿Qué ha sucedido en la Iglesia? ¿Qué nos
está pasando? Lo primero, que
deberíamos tener en cuenta, es que es muy grave lo que estamos viviendo en este
orden de cosas. Los demás ámbitos del saber no paran de crecer: las ciencias,
los estudios históricos y sociales, las más diversas tecnologías sobre todo,
nos sorprenden cada día con nuevos descubrimientos.
Mientras que la teología (hablo en
concreto de la católica) sigue firme, inasequible al desaliento, interesando
cada día a menos gente, incapaz de dar respuesta a las preguntas que se hacen
tantas personas y, sobre todo, empeñada en mantener, como intocables,
presuntas "verdades" que yo no sé cómo se pueden seguir defendiendo a
estas alturas.
Por poner algunos ejemplos: ¿Cómo podemos
seguir hablando de Dios, con la seguridad con que decimos lo que piensa y lo
que quiere, sabiendo que Dios es el Trascendente, que - por tanto - no está a
nuestro alcance? ¿Cómo es posible hablar de Dios sin saber exactamente
lo que decimos? ¿Cómo se puede asegurar que "por un hombre entró
el pecado en el mundo"? ¿Es que vamos a presentar como verdades centrales
de nuestra fe lo que en realidad son mitos que tienen más de cuatro mil años de
antigüedad? ¿Con qué argumentos se puede asegurar que el pecado de Adán y la
redención de ese pecado son verdades centrales de nuestra fe?
¿Cómo es posible defender que la muerte de
Cristo fue un "sacrificio ritual" que Dios necesitó para perdonarnos
nuestras maldades y salvarnos para el cielo? ¿Cómo se le puede decir a la gente que el sufrimiento, la desgracia,
el dolor y la muerte son "bendiciones" que Dios nos manda? ¿Por qué
seguimos manteniendo rituales litúrgicos que tienen más de 1.500 años de
antigüedad y que ya nadie entiende, ni sabe por qué se le siguen imponiendo a
la gente? ¿De verdad nos creemos lo que se nos dice en algunos sermones sobre
la muerte, el purgatorio y el infierno?
En fin, la lista de preguntas extrañas,
increíbles, contradictorias, se nos haría interminable. Y mientras tanto, las
iglesias vacías o con algunas personas mayores, que acuden a la misa por inercia
o por costumbre. Al tiempo que nuestros obispos ponen el grito en el
cielo por asuntos de sexo, mientras que se callan (o hacen afirmaciones tan
genéricas que equivalen a silencios cómplices) ante la cantidad de abusos de
menores cometidos por clérigos, abusos de poder que hacen quienes manejan ese
poder para abusar de unos, robarles a otros y humillar a los que tienen a su
alcance.
Insisto en que, a mi modesta manera de
ver, el problema está en la pobre, pobrísima, teología que tenemos. Una
teología que no toma en serio lo más importante de la teología cristiana, que
es la "encarnación" de Dios en Jesús. El llamamiento de Jesús a
"seguirle". La ejemplaridad de la vida y del proyecto de vida de
Jesús. Y la gran pregunta que los creyentes tendríamos que afrontar: ¿Cómo
hacemos presente el Evangelio de Jesús en este tiempo y en esta sociedad que
nos ha tocado vivir?
Termino insistiendo en que el control de
Roma sobre la teología ha sido muy fuerte, desde el final del pontificado de
Pablo VI hasta la renuncia al papado de Benedicto XVI. El resultado ha sido tremendo: en
la Iglesia, en los seminarios, en los centros de estudios teológicos, hay miedo,
mucho miedo. Y bien sabemos que el miedo bloquea el pensamiento y paraliza
la creatividad.
La organización de la Iglesia, en este
orden de cosas, no puede seguir como ha estado tantos años. El papa Francisco
quiere una "Iglesia en salida", abierta, tolerante, creativa. Pero,
¿seguiremos adelante con este proyecto? Por desgracia, en la Iglesia
hay muchos hombres, con bastones de mando, que no están dispuestos a soltar el
poder, tal como ellos lo ejercen. Pues, si es así, ¡adelante! Que pronto
habremos liquidado lo poco que nos queda.